La culminación de la vida: el morir, hay que cuidarlo al igual que nuestra vida.

Nuestra muerte no será sino lo que hayamos vivido. Impresiona la enorme lucidez y tranquilidad con que algunas personas encaran la muerte.

“La jubilación, decía Castilla del Pino, hay que empezar a prepararla desde la pubertad… porque si no ésta resultará vacía y sin sentido”.

Es decir, hay que cultivar las aficiones, la lectura, el deporte, los proyectos desde la edad temprana para llegar con un buen equipaje a la última edad sintiéndonos plenos, útiles y con ganas de seguir viviendo.

Una vida con sentido sin el vacío de sentarnos a esperar una muerte inevitable, es un buen remedio para esta etapa de la vida.

El mismo autor nos dice que “la muerte habrá de ser un hecho que forzosamente nos ha de acaecer, como la vida fue un hecho acaecido.

Como la vida misma, no tiene en sí sentido, tan solo el que se le confiera por aquel a quien ha de acaecerle”. De aquí el que cada cual –como decía Rilke-  “haga su muerte”, esto es, dé a su muerte su sentido propio, siendo la propia muerte “un último hacer”.

La muerte de cada cual es también un “hacer para los otros”; es, por decirlo así, el “último ejemplo”, con el cual predicamos qué hicimos y cómo fuimos.

No deja, pues, de ser importante el ocuparnos de hacer de nuestra muerte, “la muerte debida, del mismo modo que con cualquier otro hacer”.

La “presencia” de la muerte –el contar con ella- es, con mayor o menor potencia, un hecho constante en tanto que la muerte es el cese de todo proyecto.

Lo que quiera que haya de hacerse,  ha de hacerse en tanto que se vive. Si he de contar con el morir mío ello ha de ser con miras a que no me sorprenda con el proyecto no realizado.

Hay que haber hecho “lo que es menester” cuando la muerte llegue, de forma que cada cual pueda poner a su proyecto, en cualquier momento y sin dolor alguno, la palabra fin.

La angustia ante la muerte es la angustia ante la propia vida misma, como hecho que es de ella. La angustia ante la presencia” de la muerte cumple, pues, funcionalmente, el cometido de responsabilizar al sujeto respecto de su vida misma como un quehacer.