Ser uno mismo, la identidad, o suma de identidades, se va constituyendo como la máscara que sirve, a la vez, para interactuar con los demás y protegernos del mundo.

También para distanciarnos  de los actores que vayan a contracorriente de lo que somos, pensamos o creemos.

Es nuestro principal decodificador de la realidad, es la lente a través de la cual miramos e interpretamos al otro y adquirimos los referentes (muchos de ellos injustificados), para admitirlos o rechazarlos.

La burla, indiferencia o rechazo a un homosexual, por ejemplo, no es algo natural sino aprendido en el marco de una identidad machista que se va adquiriendo desde la primera infancia y que se va reproduciendo en etapas posteriores de la vida en la que se adquieren ciertos tipos de discursos.

En las relaciones sociales siempre hay un discurso que se emplea para hacer valer la identidad propia, la mía, tanto para afianzarla,  justificarla o defenderla de otra que se considera “intrusa”.

 

Cuando nos expresamos ante el otro, utilizamos de “maquillajes”, para presentarnos, en según qué contexto y en según qué ocasión.

Constituye esto una estrategia, con la que el ser humano cuenta a la hora de mostrarse ante el otro, y viceversa, los demás nos la exponen cuando establecen relación conmigo, y todo ello con miras a la obtención de un éxito que el sujeto no cree posible lograr de otra forma.

En este sentido, y de alguna manera todo maquillaje lleva implícito una cierta porción de engaño.